Entrando
se ve un pasamontañas pintado en una pared. “¡Fuego!”.
Los hombres que reparan la camioneta aparcada en el patio parecen gitanos
de Andalucía más que indios mayas de Chiapas: sombreros
al estilo Pata Negra, camiseta de blancas tirantas, pelo largo y bien
peinado, arete en la oreja…
En
cambio, las mujeres que se afanan alrededor del ‘horno’
están vestidas con la indumentaria tradicional de las tzeltales
de Amatenango del Valle. Ceramistas que cuecen desde siempre sus ollas
y sus vasijas bajo montones de boñigas de vaca. Técnica
eficaz, no contaminante y, además, totalmente autónoma.
En sus ratos libres moldean también, con la ayuda de los niños,
animalitos de arcilla, bichos fantásticos surgidos de una selva
repleta de mitos: el elefante cabalgando encima de una tortuga, el
perro de lunares robando una tortilla, el pavo real que se quería
comer el mundo, el mono araña en su palmera, el pájaro
picoteando sus huevos, el jaguar musculoso, el armadillo y el coyote..
…de todos cuentan una historia curiosa a la hora de venderlos
por las calles de San Cristóbal.
Aquí
las mujeres no suelen ayudar a los hombres en el campo. Su oficio
es el barro y la venta de los productos en el mercado. Así
son ellas, las que sirven a la comunidad de enlace con el mundo exterior.
Gracias a esta peculiar situación las amatenangeras siempre
fueron el motor de las luchas del pueblo. Hace más de veinte
años ya, se agruparon en una cooperativa para poder prescindir
de los ‘servicios’ del comercio intermediario, verdadero
chupasangre económico. Esta iniciativa no fue del agrado de
los caciques y de los ‘coyotes’ (negociantes), que mandaron
matar a la primera presidenta de la asociación. Pero esta violencia
–y su impunidad asegurada por las autoridades- no consiguió
quebrantar el orgullo de esas mujeres. La cooperativa creció
y llegó a ser el centro de muchas movilizaciones. Tomó
por ejemplo parte activa en el derrocamiento del presidente municipal
oficialista en Enero de 1995. Después del referéndum
no oficial donde el voto femenino fue decisivo, los habitantes del
municipio eligieron un nuevo consejo más acorde con los intereses
de la gente.
En
una sociedad indígena donde a menudo la mujer está marginada
a la hora de tomar decisiones colectivas; donde es frecuente ver al
hombre volver del campo con su esposa caminando cinco metros detrás,
cargada con leña y bebé; donde los quehaceres del hogar
recaen en su totalidad sobre ellas; la capacidad de iniciativa de
las mujeres de Amatenango es ejemplar.
Una
vez encabezaron una marcha de mujeres en las calles de San Cristóbal
para protestar contra la violación de tres muchachas tzeltales
en un retén militar de Altamirano. Sus maridos las seguían
en cortejo, un poquito intimidados por esta nueva situación,
y aguantando una banderola que decía: “¡Respeto
a los derechos humanos de la mujer!”. Un mecánico que
las miraba pasar en el umbral de su taller comentó a su aprendiz:
“¡Estos zapatistas están locos!. Lo hacen todo
al revés. ¡Ahora son las mujeres las que van por delante!”.
En
una época en que se empieza a conocer el precio del progreso
tecnológico, su cada vez más grande dependencia de energías
caras y contaminantes, o la falta de control del hombre sobre los
procesos de producción y sus finalidades, es muy preciso atar
más fuertemente los hilos de la memoria, y no dejar que se
pierdan las experiencias, las raíces, las historias que hicieron
posible lo que hoy consideramos como el mundo moderno.
Descubrir
el origen de una de las artes que vieron la luz con los primeros pasos
de la historia humana (la cerámica), a través del testimonio
de las artesanas que todavía lo conservan en sus formas más
puras, es lo que se propone este artículo.
EL
HORNO DE BOÑIGAS:
Las
mujeres tzeltales (etnia maya) de Amatenango del Valle trabajan el
barro (lum en tzeltal) desde hace siglos. Sus técnicas son
ancestrales, y su oficio les afianzó en un papel importante
dentro en la comunidad. Los hombres trabajan en el campo, y las mujeres
trabajan la cerámica. Son ellas las que salen a vender su producción
en el mercado municipal de San Cristóbal de Las Casas. Son
ellas que están al frente de las movilizaciones sociales que
sacuden su pueblo y su comarca.
Desde
siempre, o por lo menos hasta donde pueda viajar la memoria, el barro
ha sido cocido aquí en efímeros hornos de boñigas
de vaca. Estos hornos les proporcionan una cocción rápida
y efectiva, que incluso si tuvieran la posibilidad, no cambiarían
por ningún proceso más moderno, ya que le permite cocer
piezas grandes al aire libre. Piezas que nunca cabrían en un
horno eléctrico o de gas.
EL
PROCESO:
Se
amontonan las piezas crudas encima de un entrelazado de viejos hierros
que forman como una parrilla sostenida a unos cinco centímetros
del suelo por piedras planas. Por debajo de esta parrilla se introduce
leña de pino de tamaño mediano (shii en tzeltal). Luego
se cubre todo este edificio con el excremente de vaca seco, dejando
un orificio arriba, que hará de chimenea para que pueda escaparse
el humo. A continuación se apoyan palos más grandes
alrededor del montón, que aguantarán toda la estructura
al mismo tiempo que alimentarán la hoguera.
Para
prender el fuego (k’ak en tzeltal) se utiliza el ocotl, que
es el corazón de un árbol rico en resina, que se quema
muy rápido y desprende mucho calor. Se introduce por debajo
de la parrilla. Rápidamente la boñiga y los palos medianos
empiezan a arder (chik’el en tzeltal). Poco después,
los palos grandes entran en la fiesta también.
Y
en pocas horas están cocidas las piezas y con los palos finos
y largos se quitan las leñas carbonizadas, con mucho cuidado
para que no caigan las piezas. Aparece el producto acabado, con manchitas
negras donde más ardió.
Las
piezas suelen decorarse con una mano de engobe (“Sakilum”)
y se bruñen con una piedra de canto rodado (“Noco Jib”).
El
trabajo se desarrolla en grupo, en familia o entre amigas, y es pretexto
para charlas, reuniones y alegrías alrededor del horno. Esto
método no contamina, es gratis y es eficaz. ¿Por qué
estas mujeres tendrían que cambiar?.
Sirva
este textito como homenaje a nuestras amigas Juana, Francisca, Josepa,
Romelia, María y todas sus compañeras, que con su tierna
furia insuflan valentía a nuestro corazón.